La casa del mar.

Capítulo uno.

El camino era empedrado; por lo que el coche se estremecía continuamente.  Trataba de dormirme pero no podía, soy de las personas que necesitan la  tranquilidad para poder cerrar los ojos.

Viajamos siete días en barco. Al llegar a la costa de la isla solo bajamos mi madre y yo, cargadas de maletas a punto de caer en la arena, la cual hacia nuestros pasos lentos y torpes, mi madre no perdió la emoción y rápidamente buscó el coche que había alquilado.

-¿Por qué alquilaste un coche ma?

-Porque la casa queda hasta la otra punta, ¡vamos, tienes que verla!

Era desconcertante tratar de pensar porque mi madre madre “>deseabaeso, pasar las vacaciones en una isla, cuando en la ciudad estaba todo lo que era entretenido para las dos; incluso si analizaba detenidamente su comportamiento de estos últimos días, podría llegar a la conclusión de que huía de algo. Y claro, pensar eso de mi madre me producía mucha inseguridad, después de todo solo éramos ella y yo,solas en este mundo, como solía decir ella mientras lloraba en las noches, recordando la muerte de mi padre. El  murió cuando yo  tenía dos años y lo único que recuerdo es a mi madre llorar por él repitiendo esas palabras.

Cerré los ojos para dormitar, más el sol  lastimaba mis parpados, a continuación los tapé con la mano derecha y pensé dormir con esa postura, tres minutos después comprendí lo imposible de esto y me resigné a mi destino de insomnio.

-¿Problemas?-escuche la cansada voz de mi madre al volante –

-Me molesta un poco el sol.

-Ya casi llegamos, la casa está a la orilla del mar- la débil voz emitida dejó entrever una leve nota de emoción.

-¿Mar?-Desde hace unos días había dejado de maravillarme con tanta agua alrededor mío  y ahora mi madre me salía con una casa al lado del mar.

Olvidé el sueño, fatiga y debilidad por mantener los ojos abiertos; me asomé por la ventana iluminada; vi el cielo azul con pequeñas formas de nubes blancas semejantes a algodones, bajé la mirada del cielo, el mar demostraba su inmensidad. Al mostrarme lo infinito que parecía el agua, los rayos del sol se reflejaban en  ella; haciéndola parecer tener diamantes escondidos entre sus aguas. El agua respondía a los rayos de luz con una amplia sonrisa o como los ojos azules de una mujer, correspondiendo de una manera silenciosa al amor de una pretendiente, dispuesta a darle todo su corazón.

-Es hermoso- mis palabras arrancaron una sonrisa a mi madre- no estará mal pasar las vacaciones aquí.

-Y espera a ver la casa, amor.

Hace un momento estaba tratando de dormir,  con la mente irritada, el cuerpo exhausto y ahora tenía la sensación de que todo saldría bien, claro por el momento.

Supe que estábamos cerca de llegar a la casa, cuando empecé a notar varios árboles adornando la orilla del camino, flores silvestres y arbustos descuidados pero hermosos, al detenerse el coche bruscamente dirigí mi mirada a lo que se encontraba enfrente de mí. La casa no era grande, a decir verdad parecía estar en el punto medio, ni muy pequeña ni muy grande, su color era de un verde oliva, éste combinaba muy bien con las hojas de los árboles. El piso del porche era de madera, el tejado era de un color obscuro entre el café y el rojo, el marco de las ventanas era de un color rojo sangre. Mi madre corrió al umbral, no ocultaba su entusiasmo en lo más mínimo. Yo camine desconfiada, tenía mucho cuidado en  dónde poner mis pies a cada paso que daba, como si algo planeara  un accidente para mí.

-¿No es maravilloso?- Su forma de decirlo me confundió, parecía más una afirmación que  una pregunta.

Al cruzar la puerta vi las paredes, no lucían en perfecto estado, el color original de  las paredes era de un crema amarillento, mas la  humedad  casi cambiaba la tonalidad de la habitación. En un extremo de la pared se encontraban rastros de agua, que parecían ser las ramas de un árbol, vi el techo por si encontraba una gotera hasta que recordé, la casa era de dos pisos. Decidí contemplar la lámpara del techo, en el centro se encontraba el foco de la lámpara cubierto por un vidrio de color verde, formando una esfera, al lado de ésta emergían las astas del ventilador, del mismo color. No hubo necesidad de ver los muebles, todos de madera como a mi madre le gustaban.

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