Pensamiento, Conciencia y Razón

Por David Padilla

No cabe duda que René Descartes fue un pensador extraordinario, sin embargo hay una idea suya que vale la pena resaltar por encima de las demás: la incorregibilidad de la mente. Es decir que todo proceso mental interno es conocido perfectamente por una persona: si creo estar viendo un coche rojo, el coche puede ser verde, o amarillo, pero estoy viendo un coche rojo. También en procesos más complejos, según Descartes, se cumple esta regla, si digo, “siento miedo porque no quiero que te vayas” entonces, esa aseveración también debe ser cierta.

  En la práctica, sin embargo, se presentan varios ejemplos de lo contrario, un psicólogo podría decir que la mitad de sus pacientes no dicen lo que realmente sienten, aún si éstos no mienten, o no saben que están mintiendo. Si una persona ataca fervientemente a otra por ser hipócrita, él te dirá que está atacando porque condena la hipocresía, pero lo más probable es que sólo esté lidiando con su propia hipocresía (aun si él no lo sabe), pues de lo contrario simplemente le haría notar a otra persona su error. Varios ensayos psicológicos tratan de este tema, e incluso llaman inconsciente a la parte desconocida de la mente (el término en gran medida se define a sí mismo). La razón, o una de las razones o demostraciones de que la mente es corregible es la siguiente: La mente constantemente emite información sobre sí misma, sea importante o insignificante, verdadera o falsa, etc. La información es convertida a palabras por medio de las cuerdas vocales y labios, el cerebro es el mecanismo que emite y guarda la información. Si la cabeza se limitara a crear un flujo constante de datos, el mensaje se seguiría transmitiendo, pero en un proceso mecánico, automático, como un globo que se desinfla o una llave de agua, sin posibilidad de un autoconocimiento. Para que exista la consciencia es necesario que la mente no diga babosadas mecánicamente, sigo que razone sobre ellas, que se de cuenta de que las está diciendo, es decir, debe haber una estratificación de las labores de la mente, una que almacena la información y otra que la emite y las observe y filtre, sin embargo ya que son dos entes conceptualmente separados, es posible que el observador no observe correctamente, y que entonces lo que cree estar observando no es realmente lo que es. Esto implica que cuanto más complejo psíquicamente un ser, mayor es el riesgo de que no se describa correctamente. Un animal dirá “behehe”, y lo que sea que signifique ese “behehe” para el animal será cierto para sí mismo, por ejemplo “tengo hambre” tengo frío” o “tengo miedo”, la sencillez de los pensamiento también contribuye a que no se cometan errores. Sin embargo un humano no dirá “behehe”, un humano usará palabras (al menos la mayoría), y lo anterior no necesariamente es cierto. Mientras más complejos y más largos sean los pensamientos es mayor el riesgo de que se tergiverse su interpretación.

Lo anterior no significa, sin embargo, que la consciencia y el autoconocimiento veraz sean mutuamente incompatibles. La parte consciente de la mente puede ser una herramienta que facilite este proceso así como lo puede dificultar, todo depende del fin para el que se quiera aplicar. Sumado al posible engaño accidental sobre uno mismo, está el autoengaño consciente. Decir “me ganaron, pero sólo fue porque el árbitro estaba de su lado, yo soy mejor” es un ejemplo de lo anterior. En este caso la parte consciente de la mente es completamente antagonista a la autognosis. El caso donde la consciencia no influye es la indiferencia, que es uno de los estados más frecuentes. La indiferencia es la falta de preocupación sobre este asunto, o incluso la creencia implícita en la idea de Descartes; ni ayudar ni tratar de impedir el autoengaño. El punto diametralmente opuesto al primero es intentar conocerse. En este caso el pensamiento es un medio para observar el inconsciente: se utilizan herramientas lógicas, así como claridad emocional para conseguir ese fin. Mencioné la claridad emocional porque la auto-confusión a menudo es un mecanismo de defensa para no enfrentar la realidad, o una perspectiva que tenemos sobre la realidad, tan negra que preferimos borrarla.

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